jueves, 15 de mayo de 2025

¿Por qué pedagogía?

 PEDAGOGÍA, UNA PROFESIÓN INSPIRADA POR LA VOCACIÓN

Cada vez de forma más común, los alumnos, a la hora de elegir a lo que se van a dedicar durante el resto de su vida en una primera instancia; sienten un gran desbordamiento  por la complejidad de la decisión que están tomando en el momento. Y pocas veces tenemos en cuenta el agobio o la carga emocional que puede suponer para ellos en este momento de su vida. Sin embargo hay un leve porcentaje de ellos que no tienen que sufrir esa situación ya que constan de una gran vocación por la profesión que eligen y lo tienen muy claro. Muchas veces esta vocación es la motivación para poder lograr sus metas de una satisfactoria.

Yo como no he tenido esta suerte, vengo a explicar lo duro que ha sido para mí elegir esta profesión y los olivos por los cuales he acabado tomando esta decisión de la que, a día de hoy, no me arrepiento

A veces no es fácil explicar por qué algo te llama la atención de forma tan fuerte, pero con la pedagogía me pasó eso, pese a que no fuera mi primera ni mi segunda opción, desde siempre me interesó entender cómo aprenden las personas. No solo el hecho de aprender en sí, sino todo lo que ocurre alrededor de ese proceso: las emociones, los momentos de frustración, los de descubrimientos, esa chispa que aparece cuando algo que parecía difícil al final cobra sentido.

Con el tiempo, me fui dando cuenta de que lo que más me gustaba no era ser “la que explica”, sino estar ahí cuando alguien entendía algo nuevo, cuando una idea lograba conectar con su vida. Me parecía algo profundamente humano. Esa fue una de las razones por las que empecé a fijarme en la pedagogía como una opción real

Lo que más me atrapaba de la pedagogía era su capacidad de transformación. Saber que una experiencia educativa puede marcar a una persona, ayudarla a pensar diferente, a cuestionarse, y a crecer. Bajo mi punto de vista, y marcado por mi experiencia de vida, puedo decir que el método tradicional de enseñanza, actualmente queda algo desfasado a las necesidades educativas y que por lo tanto no me representa; ya que  una enseñanza basada en la repetición de manera continua de datos o en métodos poco estructurados me resulta altamente ineficiente ya que es a la que he estado acostumbrada y me he dado cuenta con el paso del tiempo de que no es algo productivo. Bajo mi punto de vista, y de forma reiteraba bajo mi experiencia personal,creo que la enseñanza no es solo que los alumnos se aprendan la lección, si no que entiendan y asienten los conceptos; que tengan un especio libre para poder procesar las lecciones y hacerlas propias, de una manera que no solo aprendan los contenidos mínimos, sino no que adquieran la capacidad de tener un pensamiento crítico y de disfrutar del aprendizaje, algo que muy a mi pesar, hoy en día es muy poco habitual.

Me llamaba la atención la posibilidad de generar espacios donde aprender no se sintiera como una obligación, sino como una oportunidad para descubrir.

Gracias a un profesor de filosofía del instituto, leí por primera vez a Paulo Freire, y muchas cosas que pensaba empezaron a tener más forma. Él hablaba de que educar es un acto político, no en el sentido partidario, sino en el sentido de que siempre implica una postura frente al mundo. No se trata solo de enseñar contenidos, sino de formar personas críticas, capaces de pensar por sí mismas. Esa idea me marcó profundamente

Otra cosa que me hizo sentirme muy cercana a la pedagogía fue su dimensión humana. No se trata solo de técnicas o estrategias, sino del vínculo que se crea entre quien enseña y quien aprende. Me gustaba pensar en el aula (o en cualquier espacio de aprendizaje) como un lugar de encuentro, donde cada persona trae su historia, sus miedos, su forma de ver el mundo. Y donde una, como educadora, tiene la posibilidad de acompañar procesos reales, que muchas veces van más allá de lo académico

Cuando escuché por primera vez sobre la `` zona de desarrollo ´´ de Vygotsky, todo eso cobró más sentido: no aprendemos solos. Siempre hay alguien que ayuda, que apoya, que desafía con cariño para que el otro pueda avanzar un poco más. Me gustaba imaginarme cumpliendo ese rol.

Elegir pedagogía no fue una decisión tomada a la ligera. Lo hice porque sentía que tenía sentido para mí, que conectaba con lo que me movía. Me interesaba formar parte de un proceso que va más allá de lo inmediato, que tiene impacto real en las personas y, en muchos casos, también en sus entornos. Quería trabajar con ideas, con emociones, con historias. Y sobre todo, quería ayudar a construir un tipo de educación que no apague la curiosidad, sino que la encienda.

Hoy, aunque todavía me sigo formando, sigo creyendo en todo eso. Y aunque sé que la pedagogía tiene muchos desafíos, sigo pensando que vale la pena, porque cuando una persona realmente aprende algo que la transforma, también transforma el mundo un poco.

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